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Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, ansiando la liberación de la esclavitud, se encontró de lleno con la realidad del desierto. Descubrió que para llegar a la tierra prometida, no bastaba con el impulso de la salida, sino que era necesario transitar una realidad dura y dolorosa que iba a servirles para purificarse interiormente y, sobre todo, para encontrarse con lo más sagrado de ellos mismos (Con Dios, en términos teístas). Tuvieron que cruzar el Mar rojo de la desconfianza y el miedo, beber las aguas amargas (Mara) de la desolación y la incompresión y, en definitiva, transitar un desierto de falta de respuestas, de pérdida del rumbo, y de noches oscuras.
Todo un símil del recorrido espiritual que se expresa de manera evidente en las rutas migratorias que tienen que recorrer nuestros hermanos y hermanas que salen de sus países buscando ese mismo horizonte.
El recorrido (el espiritual y el físico) a pesar de su dureza, tiene algunos momentos de calidad y de calidez que permiten continuar el viaje (si no, sería imposible continuar). Pequeños oasis que anuncian que aquello que se sueña y hacia lo que uno se encamina no es un espejismo, sino el motor de la búsqueda. Uno de esos oasis es Elín, con «12 manantiales y 70 palmeras». Un lugar para descansar, para sanar las heridas del camino, para retomar fuerzas. Para encontrarse con el hermano y la hermana de ruta, para descubrir que uno no va solo. (Fuente: Éxodo 15, 22-27)
Este es el nombre de la asociación que desde hace 20 años acoge, abraza y cuida a las personas migrantes que cruzan la frontera de Marruecos con el estado español en la ciudad de Ceuta. Unas mujeres confiadas en que esa fuente podía emerger en el momento en que ellas escarbaran un poco, hicieron del pequeño espacio que le prestaron, un lugar de encuentro más allá de las fronteras que ponían aquellos empeñados en separar, en poner vallas y espinos al campo.
Desde hace todos esos años, muchos hombres y mujeres venidos «de la gran tribulación» de los desiertos, las alambradas, las violaciones de su dignidad y de sus cuerpos, han pasado por ese lugar de sanación, de descanso, de sororidad entrañable. Y eso ha marcado sus vidas para siempre. Nos la marcó también a muchos que veníamos de otros desiertos, no físicos pero sí interiores. Otras rutas que emprendíamos desde esos refugios construidos por los poderes establecidos que nos dividían el mundo entre buenos y malos, entre negros y blancos, entre cristianos y musulmanes, entre lo nuestro y lo suyo.
Elín ha sido una de las fuentes de inspiración de Espacios Berakah. No la única, pero sí una de las más importantes. Es por eso que de vez en cuando tenemos que acercarnos a ese manantial para no olvidar el sentido, para recordar la raíz y uno de los pilares sobre los que nos fundamentamos.
Este fin de semana ha sido una de esas veces. El motivo: la celebración de los 50 años de compromiso por los más desfavorecidos de una de las iniciadoras de ese bonito proyecto.
Gracias Paula!

Imagen tomada por Pilu Alba Díaz

Espacios Berakah

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